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Enero 25, 2012

Los emprendedores sociales

Emprender es la capacidad de elaborar un proyecto –vital, educativo, político, social, económico- y ponerlo en práctica. Necesitamos emprendedores en todos los dominios de la realidad. Por ejemplo, en los años 80, William Drayton introdujo la noción de “Emprendedor social” y creó una organización conocida como Ashoka, que se dedica a seleccionar y apoyar económicamente a los emprendedores sociales. Drayton ha establecido un proceso de selección muy riguroso en el que aplica cuatro criterios: creatividad; capacidad emprendedora; impacto social de la idea; y la fibra ética, que es un criterio de honradez. Este último es muy importante porque la naturaleza de los proyectos que tiene que poner en marcha exige que el emprendedor sea una persona que inspire confianza. Hay muchos emprendedores sociales, pero, tal vez, el más conocido sea el Premio Nóbel Muhammad Yunus fundador del Grammeen Bank en Bangladesh. Este economista ideó un sistema de microcréditos para que personas sin recursos pudieran iniciar un pequeño negocio que les permitiera sobrevivir a ellos y a sus familias.

Hay algunas características que tienen en común los emprendedores sociales con éxito, que deberíamos tener en cuenta en los programas educativos que desarrollen la competencia de emprender: disposición para corregir el punto de vista propio, disposición para compartir los méritos, disposición para deslindarse de las estructuras dominantes, disposición para atravesar fronteras disciplinares, disposición para trabajar pacientemente, y por encima de todo, un fuerte impulso ético.

Hace unos años escribí un libro sobre economía que se titulaba “La creación económica” donde definía la “empresa social” como aquella cuyo proyecto es exclusivamente social, pero que aprovecha los mecanismos económicos del mercado. Su primer objetivo es crear algo valioso para la sociedad. El rendimiento económico, aunque importante, es secundario. Este tipo de empresas destacan por ser muy innovadoras, funcionan creando redes, aprovechando las estructuras ya existentes y dando un fuerte impulso al capital humano como centro neurálgico de una organización que intenta hacer de este mundo un lugar más habitable y digno.

Si están ustedes interesados en este tipo de empresas, les proponemos la lectura de un libro muy interesante titulado “Como cambiar el mundo. Los emprendedores sociales y el poder de las nuevas ideas” de David Bornstein. Está publicado en la editorial Debate.

Diciembre 28, 2011

La motivación

Todos habéis oído o repetido la palabra “motivación” como si fuera una palabra mágica que pudiera resolverlo todo. ¿Vuestros hijos no estudian? Hace falta motivarlos. ¿No les interesa nada y se pasan el día tumbados? Están desmotivados. ¿Queréis que vuestro equipo gane? El entrenador tendrá que motivar a los jugadores. Esto, siendo verdad, no nos resuelve el problema, porque lo importante es saber cómo podemos motivarlos (o motivarnos).

Estar motivado significa tener ganas de hacer algo, estar dispuesto a movilizar la energía necesaria para conseguirlo. Tiene que ver, por lo tanto, con nuestras necesidades y deseos. Si conseguimos avivarlos, dirigirlos hacia un objeto o una acción, hemos activado la motivación. Es lo que hace, por ejemplo, un publicitario cuando mediante un anuncio quiere hacer que compremos un producto. Hace que resulte tan deseable que nos apresuremos a adquirirlo.

Eso sería imposible si no naciéramos con algunos deseos ya “de fábrica”. Conviene saber cuáles son, porque cada vez que queramos “motivar” a nuestros hijos, o “motivarnos” a nosotros mismos, tendremos que apelar a esas profundas e innatas necesidades.

Todo lo que hacemos, lo hacemos (1) porque nos proporciona algún placer, (2) porque nos granjea el amor o el reconocimiento de los demás, o (3) porque nos hacer progresar, crecer, sentirnos importantes, orgullosos de nosotros y de nuestras competencias.

Vamos a verlo con más detenimiento, y os pido que intentéis encontrar ejemplos en vuestra vida diaria. Los niños, y los adultos, hacemos muchas cosas porque nos producen satisfacción: jugar, por ejemplo. El juego es una actividad que no tiene ningún propósito, salvo pasarlo bien. Este mismo sentimiento podemos tenerlo al leer, al hacer trabajos manuales, al escuchar música, viajar o al estudiar un tema que nos interesa. A veces, la actividad es un intermediario para el bienestar, por ejemplo, cuando ganamos un buen sueldo con un trabajo que no nos gusta, pero que nos permite vivir bien. Pero todos sabemos que no es la situación ideal. Lo mismo sucede al niño que estudia sólo para que le deis un regalo (o para evitar un castigo).

Otras cosas las hacemos porque necesitamos la admiración, el reconocimiento, la amistad, el amor de otras personas. El niño, por ejemplo, quiere que sus padres o sus profesores le feliciten, necesita sentirse acogido, recibir una buena imagen de los demás, construir así su autoestima a partir de la mirada de los otros. Los adultos también necesitamos que se valore nuestro trabajo, que se reconozcan nuestros méritos. No todo se reduce al sueldo.

Por último, necesitamos sentir que progresamos. Hay un gran deseo de crecer en el niño, que no desaparece nunca. Cuando nos sentimos estancados somos desdichados. Estamos hechos para crear, para hacer cosas valiosas, para sentirnos competentes, importantes, libres, capaces, necesarios. O toleramos sentirnos insignificantes, y por eso buscamos dar un significado a nuestra vida.

Pues bien, cuando queremos motivar al niño a hacer algo, tenemos que enlazar esa actividad con alguno de estos grandes deseos. Lograrlo es la gran sabiduría educativa. El niño o el adolescente estudiará si le gusta la materia, si siente que al hacerlo aumenta su competencia, si sus resultados son admirados y elogiados, si siente el orgullo de sus padres, y si es consciente de que progresa, de que es capaz, de que domina una materia, de que hace cosas valiosas.

Estudiar no es ponerse delante del profesor o delante del libro y deglutir una materia obligatoria. Es empeñarse en alcanzar –mediante esa actividad- los grandes anhelos de nuestra naturaleza. Y ojalá supiéramos explicárselo así, hacérselo sentir así a nuestros hijos. Todos ellos deberían tener derecho a dos cosas:

  • A una experiencia de aprendizaje alegre.
  • A tener un éxito merecido en algo, por pequeño que fuera.

Son estas dos experiencias las que pueden lanzarle por un camino animoso. ¡Quien piensa en el esfuerzo cuando uno se siente alegre y triunfador!

Con el programa TRIBUCAN hemos querido proporcionar a vuestros hijos ambas experiencias. Nos gustaría que nos ayudarais a conseguirlo, porque será muy bueno para ellos.

Noviembre 21, 2011

Bienvenidos al curso TribuCan 2011-2012

En este blog, el profesor José Antonio Marina plantea aspectos educativos de interés para la tribu educadora.

Toda persona interesada en realizar nuevas propuestas de debate, puede hacerlo a través de este mensaje.

Un saludo muy cordial,

El equipo TribuCan

Junio 2, 2011

La educación del talento

Quiero rescatar para la educación una palabra que ahora es más usada en el mundo empresarial. En él hay “cazadores de talento”, departamento de “gestión del talento”, y se oyen frases como “el talento es el gran activo de una compañía”. Durante mucho tiempo se ha pensado que el talento era una capacidad innata. Se nacía con él o sin él. Las ideas han cambiado. Ahora pensamos que el talento no está al principio, sino al final del proceso educativo. El niño nace con una inteligencia biológica, es decir, con un cerebro, mejor o peor constituido, que la educación va a convertir en inteligencia humana realizada, es decir, en talento. Ninguna maestría se ha alcanzado sin un largo esfuerzo de aprendizaje, sin lo que he llamado “perseverancia creadora”.

Les voy a contar la historia de dos adolescentes: Bill Gates y Michael Jordan. Bill era un niño que se aburría en clase. Cuando iba a empezar séptimo curso, sus padres lo enviaron a Lakeside, una escuela privada, donde al año siguiente se creó un club informático, dotado de un computador muy adelantado para aquel momento, 1968. A partir de aquel año, Gates vivió en la sala del ordenador. El y otros amigos empezaron a enseñarse a sí mismos como usar aquel extraño dispositivo nuevo. En aquel momento, disponer de horas de ordenador era caro y por eso aceptaron pequeños trabajos para un par de empresas, a cambio tiempo gratuito de programación. En un periodo de siete meses, en 1975, cuando Gates tenía 16 años, él y sus amigos sumaron 1575 horas de tiempo de programación. “Era mi obsesión –cuenta Gates al hablar de sus tempranos años de instituto- Iba allí por las noches. Programábamos el fin de semana. Rara era la semana que no echábamos veinte o treinta horas. No hay razón para pensar que Gates era el más inteligente de su generación. A partir de un cierto nivel, como dice Malcolm Gladwell, la inteligencia no es una ventaja competitiva. Lo que distinguió a Gates fue su pasión, su trabajo y su astucia para buscar y aprovechar las oportunidades.

Michael Jordan tal vez el mejor jugador de baloncesto que ha existido, ha escrito un librito titulado Mi filosofía del triunfo , Selector, Mexico, 1995, que comienza con una declaración: “Mi meta principal siempre fue llegar a ser el mejor haciendo las cosas paso a paso”.”En todo momento tenía en mente lo que quería llegar a ser, es decir, el tipo de jugador en que deseaba convertirme Creo que cada meta es lograda en función de la meta última y más importante. Sabía exactamente a dónde deseaba llegar y me concentraba en hacerlo”. Siempre he creído que si uno se pone a trabajar, los resultados llegarán tarde o temprano. No hago las cosas creyendo a medias. Sé que al hacerlo así solo puedo alcanzar resultados mediocres”.

Ahora empezamos a saber cómo educar el talento. Uno de los factores es enseñar la perseverancia a nuestros alumnos. En TRIBUCAN consideramos que un buen método es proponerles proyectos en los que se impliquen y cuyos progresos se puedan evaluar. Un proyecto unifica la atención, y moviliza las energías. Y esto es un buen principio para conseguir que estén dispuestos a gastar las diez mil horas de trabajo que son necesarias para llegar a ser un experto.

Mayo 10, 2011

El cerebro que aprende

En el año 2002, la OCDE publicó un libro titulado Understanding the Brain. Los expertos convocados consideraban que la educación se encontraba todavía en un estado precientífico, y que para superarlo debía aprovechar los conocimientos que las neurociencias, las ciencias del cerebro, nos están proporcionando. Poco a poco han aparecido en muchos países –aunque no en España- instituciones dedicadas a explorar estas relaciones. En un libro que acaba de aparecer, titulado El cerebro infantil: la gran oportunidad, he intentado exponer aquellos conocimientos que pueden resultar útiles a padres y docentes. Para mí ha sido muy satisfactorio comprobar que el proyecto TRIBUCAN está en vanguardia. Se lo explicaré. Al comparar el cerebro humano con los cerebros de otras especies aparece como gran diferencia nuestra capacidad de anticipar el futuro, y de utilizar la información guardada en la memoria para diseñar y realizar proyectos.

Esta capacidad depende de los lóbulos frontales del cerebro, que están directamente relacionados con los centros de la emoción. Gracias a la energía afectiva, la inteligencia puede tomar decisiones y actuar. Así funcionamos. Necesitamos que nuestros niños y niñas sean activos, entusiastas, y sepan dirigir razonablemente esos impulsos. Que desarrollen una inteligencia resuelta, es decir, una inteligencia que resuelve los problemas y camina con determinación. Es ese dinamismo complejo y fantástico de la acción voluntaria, ese juego de sentimientos y razones, de pensamientos y pasiones, el que debemos fomentar en nuestros hijos y alumnos. De nada vale que sepan matemáticas, inglés, informática, historia, si no saben elegir sus metas y realizarlas. Siempre he mantenido que la función de la inteligencia no es conocer, sino dirigir bien el comportamiento aprovechando la mejor información posible. Desarrollar esa inteligencia es la nueva frontera educativa, y eso es lo que intentamos conseguir mediante el programa TRIBUCAN.

Abril 9, 2011

Aprendizaje integral

En todo el mundo se están buscando soluciones para un problema educativo. ¿Cómo hacer que nuestros alumnos sepan aplicar lo que aprenden en una asignatura a otras asignaturas o, en último término, a la vida real? Técnicamente se denomina “problema del transfer”. Todas las informaciones que recibimos, en especial del Reino Unido donde se están haciendo experiencias muy interesantes, confirman que integrar muchos elementos en un proyecto único es la mejor manera de conseguir esa transferencia de conocimientos y habilidades de un dominio a otro. Estamos orgullosos, porque ese el método utilizado en TRIBUCAN. Al trabajar en un proyecto didácticamente diseñado, nuestros alumnos aprenden nociones de distintas materias, tienen que buscar información, anticipar las consecuencias de sus acciones, perseverar, tomar iniciativas, cooperar entre ellos, ayudar a los demás, adquirir conciencia de la propia responsabilidad y de su competencia para hacer cosas.

Quiero detenerme en este último aspecto. Uno de los grandes recursos que niños y niñas deberían adquirir es la “confianza en sí mismos”. Ahora sabemos cómo fomentar este sentimiento fundamental. No sirve para nada intentar elevar la autoestima con elogios sin fundamento. Los niños son muy listos y reconocen inmediatamente si son justos o injustos. El sentimiento de confianza se adquiere en tres etapas. La primera es la seguridad básica, que se adquiere en la interacción con sus padres. En segundo lugar, la seguridad en la propia competencia para enfrentarse con los problemas. Esta es tarea fundamental de la escuela. Ahí es donde actúa TRIBUCAN. Queremos que comprueben su capacidad para proyectar, organizar, realizar. La tercera etapa se adquiere en los últimos años de primaria y consiste en la conciencia de la propia dignidad, que va a permitir a nuestros hijos actuar con firmeza, atreverse a decir que no, mantener su autonomía respecto del grupo, cuando pasen a la enseñanza secundaria. En fin, que estamos muy orgullosos al comprobar que nuestro programa está en la vanguardia educativa.

Marzo 11, 2011

La atención

“Mi hijo es muy listo, pero no se concentra”, “Mi hija parece que está siempre en las nubes”, “¡Es que no atiendes a lo que te digo!” El tema de la atención preocupa a padres y docentes. Sobre todo ahora, cuando se habla continuamente de “déficit de atención” y de “hiperactividad”. ¿Qué es? ¿Qué importancia tiene? ¿Qué podemos hacer si plantea problemas? ¿Qué tiene que ver con el programa TRIBUCAN?

La atención es la capacidad de seleccionar los estímulos, para que nuestro cerebro pueda elaborarlos, y guardarlos en la memoria. Además, nos permite movilizar nuestros recursos intelectuales para enfrentarnos con un problema. Por ejemplo, estamos conduciendo un coche de manera automática, mientras hablamos con el acompañante. De repente, un perro se cruza en la carretera. En ese instante nos concentramos en lo que ocurre, para estar en condiciones de resolver la situación. Todos los animales superiores poseen estos mecanismos. La gacela que está bebiendo levanta las orejas y presta atención, si un ruido sospechoso llega hasta ella. Nosotros no podemos dejar de prestar atención a un ruido, a una experiencia imprevista, a una amenaza o a un dolor. En un sentido amplio, atendemos a aquello que nos divierte, interesa o emociona.

Pero, además de esa atención involuntaria, que compartimos con los animales, los seres humanos tenemos otra, que podemos dirigir hacia lo que queramos, con independencia de que nos interese o no, y a la que llamaremos “atención voluntaria”. Esta es la que necesitamos educar, porque el niño no sabe aún dominarla. Lo que pretendemos es que presten atención incluso a cosas que no les interesan a ellos, sino a nosotros. No es extraño que esta expectativa plantee dificultades.

 Hay, en efecto, un déficit de atención que puede necesitar tratamiento médico, pero en muchas ocasiones lo que hay es un déficit de educación de la atención. Los niños tienen que aprender a manejarla durante la etapa escolar. William James, un genial psicólogo, escribió: “La capacidad de recuperar voluntariamente la atención dispersa, una y otra vez, es la raíz del juicio, del carácter y de la voluntad. Si hubiera una educación que mejorara esta capacidad, sería la educación por excelencia. Sin embargo, resulta más fácil definir este ideal que dar instrucciones prácticas para alcanzarlo”.

En la actualidad, conocemos mucho mejor los métodos para reforzar la atención. Uno de los procedimientos educativos más eficaces es el de organizar la enseñanza por proyectos. Los proyectos implican activamente al alumno, favorecen la concentración, y permiten una evaluación clara, lo que supone un gran aliciente para todo el proceso. Por eso, el programa TRIBUCAN –basado en un proyecto- tiene, entre otras cosas, como objetivo mejorar la atención voluntaria de sus hijos.

Puesto que el tema de la atención es tan importante y causa tantas preocupaciones, les invito a que durante este mes me hagan las consultas que quieran sobre él.

Enero 27, 2011

       Todos habéis oído o repetido la palabra “motivación” como si fuera una palabra mágica que pudiera resolverlo todo. ¿Vuestros hijos no estudian? Hace falta motivarlos. ¿No les interesa nada y se pasan el día tumbados? Están desmotivados. ¿Queréis que vuestro equipo gane? El entrenador tendrá que motivar a los jugadores. Esto, siendo verdad, no nos resuelve el problema, porque lo importante es saber cómo podemos motivarlos (o motivarnos).

       Estar motivado significa tener ganas de hacer algo, estar dispuesto a movilizar la energía necesaria para conseguirlo. Tiene que ver, por lo tanto, con nuestras necesidades y deseos. Si conseguimos avivarlos, dirigirlos hacia un objeto o una acción, hemos activado la motivación. Es lo que hace, por ejemplo, un publicitario cuando mediante un anuncio quiere hacer que compremos un producto. Hace que resulte tan deseable que nos apresuremos a adquirirlo.

       Eso sería imposible si no naciéramos con algunos deseos ya “de fábrica”. Conviene saber cuáles son, porque cada vez que queramos “motivar” a nuestros hijos, o “motivarnos” a nosotros mismos, tendremos que apelar a esas profundas e innatas necesidades.

       Todo lo que hacemos, lo hacemos (1) porque nos proporciona algún placer, (2) porque nos granjea el amor o el reconocimiento de los demás, o (3) porque nos hacer progresar, crecer, sentirnos importantes, orgullosos de nosotros y de nuestras competencias.

       Vamos a verlo con más detenimiento, y os pido que intentéis encontrar ejemplos en vuestra vida diaria. Los niños, y los adultos, hacemos muchas cosas porque nos producen satisfacción: jugar, por ejemplo. El juego es una actividad que no tiene ningún propósito, salvo pasarlo bien. Este mismo sentimiento podemos tenerlo al leer, al hacer trabajos manuales, al escuchar música, viajar o al estudiar un tema que nos interesa. A veces, la actividad es un intermediario para el bienestar, por ejemplo, cuando ganamos un buen sueldo con un trabajo que no nos gusta, pero que nos permite vivir bien. Pero todos sabemos que no es la situación ideal. Lo mismo sucede al niño que estudia sólo para que le deis un regalo (o para evitar un castigo).

       Otras cosas las hacemos porque necesitamos la admiración, el reconocimiento, la amistad, el amor de otras personas. El niño, por ejemplo, quiere que sus padres o sus profesores le feliciten, necesita sentirse acogido, recibir una buena imagen de los demás, construir así su autoestima a partir de la mirada de los otros. Los adultos también necesitamos que se valore nuestro trabajo, que se reconozcan nuestros méritos. No todo se reduce al sueldo.

       Por último, necesitamos sentir que progresamos. Hay un gran deseo de crecer en el niño, que no desaparece nunca. Cuando nos sentimos estancados somos desdichados. Estamos hechos para crear, para hacer cosas valiosas, para sentirnos competentes, importantes, libres, capaces, necesarios. O toleramos sentirnos insignificantes, y por eso buscamos dar un significado a nuestra vida.

       Pues bien, cuando queremos motivar al niño a hacer algo, tenemos que enlazar esa actividad con alguno de estos grandes deseos. Lograrlo es la gran  sabiduría educativa. El niño o el adolescente estudiará si le gusta la materia, si siente que al hacerlo aumenta su competencia, si sus resultados son admirados y elogiados, si siente el orgullo de sus padres, y si es consciente de que progresa, de que es capaz, de que domina una materia, de que hace cosas valiosas.

Estudiar no es ponerse delante del profesor o delante del libro y deglutir una materia obligatoria. Es empeñarse en alcanzar –mediante esa actividad- los grandes anhelos de nuestra naturaleza. Y ojalá supiéramos explicárselo así, hacérselo sentir así a nuestros hijos. Todos ellos deberían tener derecho a dos cosas:

  • A una experiencia de aprendizaje alegre.
  • A tener un éxito merecido en algo, por pequeño que fuera.

       Son estas dos experiencias las que pueden lanzarle por un camino animoso. ¡Quien piensa en el esfuerzo cuando uno se siente alegre y triunfador!

       Con el programa TRIBUCAN hemos querido proporcionar a vuestros hijos ambas experiencias. Nos gustaría que nos ayudarais a conseguirlo, porque será muy bueno para ellos.

Enero 4, 2011

     Con la participación de cincuenta y dos centros pertenecientes a seis CCAA (Aragón, Cataluña, La Rioja, Navarra, Madrid y País Vasco), TribuCan, un innovador programa educativo patrocinado por CAN y Banca Cívica, se consolida.

    Cada día se hace más patente que la educación es INSTRUCCIÓN y FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD. La instrucción es el conjunto de conocimientos y destrezas necesarias para entender nuestro mundo, trabajar y progresar. La formación de la personalidad es más compleja, porque aspira a que niños y niñas adquieran los recursos intelectuales, afectivos, volitivos, y morales imprescindibles para enfrentarse a los problemas y aprovechar las oportunidades. No sólo nos interesa que nuestros hijos e hijas sepan matemáticas, inglés, informática, historia…, sino que sean valientes, soporten el esfuerzo, sepan disfrutar de las cosas buenas, no se hundan con las frustraciones, mantengan relaciones sociales estimulantes y agradables, y tengan una clara jerarquía de valores éticos. Estos aprendizajes, que no están en los libros escolares, son materias transversales que ahora empezamos a saber cómo transmitir. Para quien tenga curiosidad, expuse los fundamentos teóricos de este programa en el libro La educación del talento (Ariel).

    TribuCan ha apostado por este tipo de enseñanza transversal que ayuda a adquirir muchos de los recursos mencionados: desarrollar la capacidad de emprender. Emprender es elaborar proyectos y realizarlos. No tienen por qué ser proyectos económicos, sino vitales. Nuestros chicos y chicas tienen que aprender a dirigir sus vidas, a ser conscientes de sus posibilidades, y a entrenarse para aprovecharlas. Es importante que mantengan una postura activa y creadora ante la realidad, y que tengan una idea del mundo llena de posibilidades.

    Las ideas de POSIBILIDAD y PROYECTO están en el centro de TribuCan, porque también están en el centro de nuestra vida. Todos necesitamos sentirnos capaces de actuar, y viviendo en un mundo no clausurado, sino abierto a nuestra acción. De ahí nace una actitud optimista, animosa, capaz de movilizar los propios recursos, hacer planes, mantenerlos con tenacidad, estar dispuestos a cambiarlos si no son eficaces, en una palabra, tener la certeza de que la propia personalidad y el mundo que nos rodean pueden mejorarse. Además, animamos a los participantes a emprender proyectos sociales, que sirvan para ayudar a los demás y desarrollar así su responsabilidad ética. Todos los estudios nos dicen que fomentar la solidaridad participativa en los chicos y chicas contribuye a mejorar los resultados educativos.

    Para que este programa desarrolle todas sus posibilidades, necesitamos que familias y Escuela colaboren entre sí. Este es otro de los objetivos de TribuCan, facilitar esa cooperación a través de un proyecto común. Me gustaría que familias y profesorado comprendieran que desarrollar sus competencias educativas es beneficioso también para su vida personal. Con frecuencia vemos claras las cosas cuando hemos tenido que explicárselas a alguien. Las virtudes del emprendimiento nos convienen a todos, no sólo a nuestros chicos y chicas. Los centros escolares y los docentes tienen también que ser emprendedores educativos: tener capacidad para reconocer los problemas, soñar con mejorar, movilizar todo su talento, seducirse desde lejos con proyectos nobles. Y lo mismo sucede a las familias. ¿Por qué no pensar en familias emprendedoras? No se trata, vuelvo a decir, de que pongan un negocio familiar, sino de que tengan un proyecto de familia. Michel Wehmeyer señala que para educar niños felices, las familias deben cuidar los siguientes factores: la enseñanza de valores morales, el modo de explicar las adversidades y de enfrentarse con los problemas, la elección de las metas futuras, y el fomento de la esperanza en los niños. TribuCan puede ayudarnos a conseguir esas competencias.

    Además, la educación no se imparte en un ambiente cerrado –Escuela y familia- sino a campo abierto, en la sociedad tal como es con sus luces y sus sombras. Necesitamos un entorno educativo favorable a nuestros chicos y chicas y eso también podemos hacerlo si trabajamos juntos. Las nuevas tecnologías nos permiten hacerlo. Por eso, les animo a que conozcan lo que estamos haciendo, nos hagan sugerencias, participen en este blog, lo recomienden a sus amigos, nos ayuden desde los conocimientos de su profesión, desde su experiencia personal. ¿Se animan a colaborar con nosotros?

Noviembre 7, 2010

Bienvenidos al curso TribuCan 2010/2011

En este blog, el profesor José Antonio Marina plantea aspectos educativos de interés para la tribu educadora.
Toda persona interesada en realizar nuevas propuestas de debate, puede hacerlo a través de este mensaje.
Un saludo muy cordial,

El equipo TribuCan

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