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Mayo 12, 2012

Las metas

He pasado unos días en la Universidad de Harvard, viendo las nuevas tendencias pedagógicas, conociendo su programa de “Parenting”, de educación de padres, y comprando las novedades bibliográficas que me interesaban. En el avión, de vuelta a casa, leí una de ellas: “The Power of Smart Goals”, en el que se insiste en el poder educativo de un inteligente manejo de las metas. No hace mucho les hablaba del libro canadiense “Partager le plaisir d’apprendre”, un ejemplo de la estupenda pedagogía que se está haciendo en la región de Quebec- en el que también se afirmaba la necesidad de introducir la enseñanza mediante metas y proyectos desde la escuela primaria.

¿Cuál es la razón de este énfasis? Las metas señalan un objetivo concreto al aprendizaje, y, por tanto, un sentido a lo que se está estudiando. Con frecuencia intentamos que nuestros alumnos se interesen por contenidos que no tienen nada que ver con su vida real, y esto resulta muy difícil. Las metas sirven para vivificar los contenidos. Sirven también para fijar la atención, y tiene un poder motivador inapreciable. Además, nos permiten experimentar el progreso, y desarrollar hábitos de la inteligencia práctica, como planificar, buscar información, seleccionar la más adecuada, decidir.

Mediante los proyectos concretamos las metas. Con ellos nos seducimos desde el futuro. Lo peor que puede pasar a un niño o a un adulto es sentirse impotente, es decir, mantener la creencia de que no puede hacer nada para cambiar su porvenir. El único antídoto es demostrarle que puede hacerlo. Una actitud activa cambia nuestra forma de ver la realidad. Los padres y profesores debéis tener en cuenta que los niños aprenden de vosotros la forma de enfrentarse a las dificultades o a los conflictos. Hay familias en la que los problemas se eluden o encubren. Se sigue la política del avestruz. Los niños aprenden también a hacerlo. Las personalidades pasivas viven siempre en retirada, se acobardan ante cualquier cosa, son proclives a las dependencias, y a actitudes depresivas. Cuando en TribuCan hablamos de emprender, nos estamos refiriendo, en primer lugar, a fomentar esa actitud activa, que va a ser un recurso poderosísimo para vuestros hijos.

Marzo 10, 2012

La escuela emprendedora

Todos pensamos que el sistema educativo está en crisis y tiene que cambiar. La pregunta del millón es: ¿Y quien tiene que iniciar el cambio? Nuestra respuesta tal vez les parezca ingenua o presuntuosa. El cambio lo tenemos que iniciar NOSOTROS. ¿Y quien somos nosotros? Todos los que formamos parte de la tribu educativa. En este blog estamos hablando de emprendimiento, pues bien, todos debemos ser emprendedores educativos: los padres, los docentes, las escuelas, los medios de comunicación … y también las empresas. Por eso nos ha parecido tan estupendo que CAN se haya convertido en emprendedora educativa.

Las escuelas deben tener un protagonismo especial en este cambio, para lo que deben convertirse en escuelas emprendedoras. Muchas de ellas lo son ya, y tenemos que aprender de ellas y dar a conocer sus métodos. También debemos aprender de las empresas, que llevan muchos años estudiando lo que llaman gestión del cambio . En un mundo que se transforma velozmente, las empresas tienen que saber detectar con rapidez los problemas, movilizar todo el talento que haya en ellas y proporcionar soluciones eficaces y rápidas. La escuela está sometida a los mismos cambios ambientales y, por ello, deberíamos desarrollar nuestra propia gestión del cambio. Una escuela emprendedora es aquella que, mediante el aprendizaje, tiene en su haber y como seña de identidad la capacidad de adaptación a las transformaciones del entorno y de su propia organización. La competencia de aprender a emprender requiere un cambio profundo en la forma de trabajar en las aulas y los centros educativos. Exige casi una revolución en las relaciones entre todos los colectivos implicados, porque tiene como bandera la colaboración y el compromiso de todos.

Esta eficaz gestión del cambio hacia una escuela emprendedora debería estar liderada por un grupo de profesionales del centro. No tenemos que buscar fuera del sistema educativo, ni poner un anuncio en el periódico, sabemos que estas personas trabajan actualmente en las escuelas e institutos de nuestro país. Cuando hablamos de cultura emprendedora, somos conscientes que hay que trabajar y desarrollar habilidades y destrezas de liderazgo y de trabajo en equipo. Si logramos un núcleo duro emprendedor en la escuela, que se responsabilice de insertar bien en el proyecto educativo del centro la competencia de aprender a emprender, y que elabore un programa de proyectos a medio plazo con objetivos educativos muy concretos y unas líneas de actuación muy definidas, podemos pensar que la escuela se va convirtiendo en un organismo emprendedor. ¿Quiénes pueden ser estos líderes educativos?

  • Junta directiva: director, jefe de estudios y jefe del departamento de orientación. Es muy importante que las personas que ocupen estos puestos, debido a la importancia organizativa de sus funciones, sean los inspiradores e impulsores de la nueva escuela emprendedora. Nadie mejor que ellos conocen desde un punto de vista global sus centros. Ellos serán los encargados de hacer un plan estratégico y transmitirlo al Consejo escolar intentando que tanto los padres como los alumnos se comprometan con las nuevas líneas de actuación
  • Claustro de profesores: Es absolutamente imprescindible contar con el convencimiento y entusiasmo de los profesores. En primer lugar porque ellos van a ser los profesionales que pondrán en marcha los proyectos y que transmitirán a los alumnos todas las enseñanzas necesarias del emprendimiento.

Y por último, es evidente la importancia del papel de las AMPAS de un centro y de su alumnado. Una escuela emprendedora es aquella en que todos sus colectivos se comprometen con los objetivos marcados y que tienen cada uno una función a desarrollar en un contexto de absoluta colaboración. Los alumnos serán los primeros beneficiarios de que la cultura emprendedora se imponga en las escuelas, pero no podemos hacerles agentes pasivos, que sólo reciben la instrucción en algunas habilidades y destrezas. Es necesario su responsabilidad y su iniciativa. Al fin de al cabo serán ellos, los que en última instancia conviertan a su entono escolar en un espacio animoso, alegre, competente y activo socialmente.

Hasta aquí, la escuela emprendedora. Pero debemos ir más allá y hablar también de familias emprendedoras. ¿Qué es una familia emprendedora? La que tiene una actitud de iniciativa, la que favorece, anima y jalea los proyectos de la comunidad educativa. Sabemos que el modo con que una familia se enfrenta a los problemas y a los retos de la vida es uno de los factores que influyen decisivamente en el futuro de sus hijos e hijas. Unas familias prefieren huir de los problemas y no enterarse de ellos; otras tienen miedo al exterior y se refugian y aíslan en una burbuja de seguridad; unas son optimistas en sus decisiones y otras pesimistas; y algunas transmiten un modelo violento de resolución de problemas. Sin embargo, creemos que las familias emprendedoras son las que están en mejores condiciones para educar y triunfar.

Enero 25, 2012

Los emprendedores sociales

Emprender es la capacidad de elaborar un proyecto –vital, educativo, político, social, económico- y ponerlo en práctica. Necesitamos emprendedores en todos los dominios de la realidad. Por ejemplo, en los años 80, William Drayton introdujo la noción de “Emprendedor social” y creó una organización conocida como Ashoka, que se dedica a seleccionar y apoyar económicamente a los emprendedores sociales. Drayton ha establecido un proceso de selección muy riguroso en el que aplica cuatro criterios: creatividad; capacidad emprendedora; impacto social de la idea; y la fibra ética, que es un criterio de honradez. Este último es muy importante porque la naturaleza de los proyectos que tiene que poner en marcha exige que el emprendedor sea una persona que inspire confianza. Hay muchos emprendedores sociales, pero, tal vez, el más conocido sea el Premio Nóbel Muhammad Yunus fundador del Grammeen Bank en Bangladesh. Este economista ideó un sistema de microcréditos para que personas sin recursos pudieran iniciar un pequeño negocio que les permitiera sobrevivir a ellos y a sus familias.

Hay algunas características que tienen en común los emprendedores sociales con éxito, que deberíamos tener en cuenta en los programas educativos que desarrollen la competencia de emprender: disposición para corregir el punto de vista propio, disposición para compartir los méritos, disposición para deslindarse de las estructuras dominantes, disposición para atravesar fronteras disciplinares, disposición para trabajar pacientemente, y por encima de todo, un fuerte impulso ético.

Hace unos años escribí un libro sobre economía que se titulaba “La creación económica” donde definía la “empresa social” como aquella cuyo proyecto es exclusivamente social, pero que aprovecha los mecanismos económicos del mercado. Su primer objetivo es crear algo valioso para la sociedad. El rendimiento económico, aunque importante, es secundario. Este tipo de empresas destacan por ser muy innovadoras, funcionan creando redes, aprovechando las estructuras ya existentes y dando un fuerte impulso al capital humano como centro neurálgico de una organización que intenta hacer de este mundo un lugar más habitable y digno.

Si están ustedes interesados en este tipo de empresas, les proponemos la lectura de un libro muy interesante titulado “Como cambiar el mundo. Los emprendedores sociales y el poder de las nuevas ideas” de David Bornstein. Está publicado en la editorial Debate.

Diciembre 28, 2011

La motivación

Todos habéis oído o repetido la palabra “motivación” como si fuera una palabra mágica que pudiera resolverlo todo. ¿Vuestros hijos no estudian? Hace falta motivarlos. ¿No les interesa nada y se pasan el día tumbados? Están desmotivados. ¿Queréis que vuestro equipo gane? El entrenador tendrá que motivar a los jugadores. Esto, siendo verdad, no nos resuelve el problema, porque lo importante es saber cómo podemos motivarlos (o motivarnos).

Estar motivado significa tener ganas de hacer algo, estar dispuesto a movilizar la energía necesaria para conseguirlo. Tiene que ver, por lo tanto, con nuestras necesidades y deseos. Si conseguimos avivarlos, dirigirlos hacia un objeto o una acción, hemos activado la motivación. Es lo que hace, por ejemplo, un publicitario cuando mediante un anuncio quiere hacer que compremos un producto. Hace que resulte tan deseable que nos apresuremos a adquirirlo.

Eso sería imposible si no naciéramos con algunos deseos ya “de fábrica”. Conviene saber cuáles son, porque cada vez que queramos “motivar” a nuestros hijos, o “motivarnos” a nosotros mismos, tendremos que apelar a esas profundas e innatas necesidades.

Todo lo que hacemos, lo hacemos (1) porque nos proporciona algún placer, (2) porque nos granjea el amor o el reconocimiento de los demás, o (3) porque nos hacer progresar, crecer, sentirnos importantes, orgullosos de nosotros y de nuestras competencias.

Vamos a verlo con más detenimiento, y os pido que intentéis encontrar ejemplos en vuestra vida diaria. Los niños, y los adultos, hacemos muchas cosas porque nos producen satisfacción: jugar, por ejemplo. El juego es una actividad que no tiene ningún propósito, salvo pasarlo bien. Este mismo sentimiento podemos tenerlo al leer, al hacer trabajos manuales, al escuchar música, viajar o al estudiar un tema que nos interesa. A veces, la actividad es un intermediario para el bienestar, por ejemplo, cuando ganamos un buen sueldo con un trabajo que no nos gusta, pero que nos permite vivir bien. Pero todos sabemos que no es la situación ideal. Lo mismo sucede al niño que estudia sólo para que le deis un regalo (o para evitar un castigo).

Otras cosas las hacemos porque necesitamos la admiración, el reconocimiento, la amistad, el amor de otras personas. El niño, por ejemplo, quiere que sus padres o sus profesores le feliciten, necesita sentirse acogido, recibir una buena imagen de los demás, construir así su autoestima a partir de la mirada de los otros. Los adultos también necesitamos que se valore nuestro trabajo, que se reconozcan nuestros méritos. No todo se reduce al sueldo.

Por último, necesitamos sentir que progresamos. Hay un gran deseo de crecer en el niño, que no desaparece nunca. Cuando nos sentimos estancados somos desdichados. Estamos hechos para crear, para hacer cosas valiosas, para sentirnos competentes, importantes, libres, capaces, necesarios. O toleramos sentirnos insignificantes, y por eso buscamos dar un significado a nuestra vida.

Pues bien, cuando queremos motivar al niño a hacer algo, tenemos que enlazar esa actividad con alguno de estos grandes deseos. Lograrlo es la gran sabiduría educativa. El niño o el adolescente estudiará si le gusta la materia, si siente que al hacerlo aumenta su competencia, si sus resultados son admirados y elogiados, si siente el orgullo de sus padres, y si es consciente de que progresa, de que es capaz, de que domina una materia, de que hace cosas valiosas.

Estudiar no es ponerse delante del profesor o delante del libro y deglutir una materia obligatoria. Es empeñarse en alcanzar –mediante esa actividad- los grandes anhelos de nuestra naturaleza. Y ojalá supiéramos explicárselo así, hacérselo sentir así a nuestros hijos. Todos ellos deberían tener derecho a dos cosas:

  • A una experiencia de aprendizaje alegre.
  • A tener un éxito merecido en algo, por pequeño que fuera.

Son estas dos experiencias las que pueden lanzarle por un camino animoso. ¡Quien piensa en el esfuerzo cuando uno se siente alegre y triunfador!

Con el programa TRIBUCAN hemos querido proporcionar a vuestros hijos ambas experiencias. Nos gustaría que nos ayudarais a conseguirlo, porque será muy bueno para ellos.

Noviembre 21, 2011

Bienvenidos al curso TribuCan 2011-2012

En este blog, el profesor José Antonio Marina plantea aspectos educativos de interés para la tribu educadora.

Toda persona interesada en realizar nuevas propuestas de debate, puede hacerlo a través de este mensaje.

Un saludo muy cordial,

El equipo TribuCan

Junio 2, 2011

La educación del talento

Quiero rescatar para la educación una palabra que ahora es más usada en el mundo empresarial. En él hay “cazadores de talento”, departamento de “gestión del talento”, y se oyen frases como “el talento es el gran activo de una compañía”. Durante mucho tiempo se ha pensado que el talento era una capacidad innata. Se nacía con él o sin él. Las ideas han cambiado. Ahora pensamos que el talento no está al principio, sino al final del proceso educativo. El niño nace con una inteligencia biológica, es decir, con un cerebro, mejor o peor constituido, que la educación va a convertir en inteligencia humana realizada, es decir, en talento. Ninguna maestría se ha alcanzado sin un largo esfuerzo de aprendizaje, sin lo que he llamado “perseverancia creadora”.

Les voy a contar la historia de dos adolescentes: Bill Gates y Michael Jordan. Bill era un niño que se aburría en clase. Cuando iba a empezar séptimo curso, sus padres lo enviaron a Lakeside, una escuela privada, donde al año siguiente se creó un club informático, dotado de un computador muy adelantado para aquel momento, 1968. A partir de aquel año, Gates vivió en la sala del ordenador. El y otros amigos empezaron a enseñarse a sí mismos como usar aquel extraño dispositivo nuevo. En aquel momento, disponer de horas de ordenador era caro y por eso aceptaron pequeños trabajos para un par de empresas, a cambio tiempo gratuito de programación. En un periodo de siete meses, en 1975, cuando Gates tenía 16 años, él y sus amigos sumaron 1575 horas de tiempo de programación. “Era mi obsesión –cuenta Gates al hablar de sus tempranos años de instituto- Iba allí por las noches. Programábamos el fin de semana. Rara era la semana que no echábamos veinte o treinta horas. No hay razón para pensar que Gates era el más inteligente de su generación. A partir de un cierto nivel, como dice Malcolm Gladwell, la inteligencia no es una ventaja competitiva. Lo que distinguió a Gates fue su pasión, su trabajo y su astucia para buscar y aprovechar las oportunidades.

Michael Jordan tal vez el mejor jugador de baloncesto que ha existido, ha escrito un librito titulado Mi filosofía del triunfo , Selector, Mexico, 1995, que comienza con una declaración: “Mi meta principal siempre fue llegar a ser el mejor haciendo las cosas paso a paso”.”En todo momento tenía en mente lo que quería llegar a ser, es decir, el tipo de jugador en que deseaba convertirme Creo que cada meta es lograda en función de la meta última y más importante. Sabía exactamente a dónde deseaba llegar y me concentraba en hacerlo”. Siempre he creído que si uno se pone a trabajar, los resultados llegarán tarde o temprano. No hago las cosas creyendo a medias. Sé que al hacerlo así solo puedo alcanzar resultados mediocres”.

Ahora empezamos a saber cómo educar el talento. Uno de los factores es enseñar la perseverancia a nuestros alumnos. En TRIBUCAN consideramos que un buen método es proponerles proyectos en los que se impliquen y cuyos progresos se puedan evaluar. Un proyecto unifica la atención, y moviliza las energías. Y esto es un buen principio para conseguir que estén dispuestos a gastar las diez mil horas de trabajo que son necesarias para llegar a ser un experto.

Mayo 10, 2011

El cerebro que aprende

En el año 2002, la OCDE publicó un libro titulado Understanding the Brain. Los expertos convocados consideraban que la educación se encontraba todavía en un estado precientífico, y que para superarlo debía aprovechar los conocimientos que las neurociencias, las ciencias del cerebro, nos están proporcionando. Poco a poco han aparecido en muchos países –aunque no en España- instituciones dedicadas a explorar estas relaciones. En un libro que acaba de aparecer, titulado El cerebro infantil: la gran oportunidad, he intentado exponer aquellos conocimientos que pueden resultar útiles a padres y docentes. Para mí ha sido muy satisfactorio comprobar que el proyecto TRIBUCAN está en vanguardia. Se lo explicaré. Al comparar el cerebro humano con los cerebros de otras especies aparece como gran diferencia nuestra capacidad de anticipar el futuro, y de utilizar la información guardada en la memoria para diseñar y realizar proyectos.

Esta capacidad depende de los lóbulos frontales del cerebro, que están directamente relacionados con los centros de la emoción. Gracias a la energía afectiva, la inteligencia puede tomar decisiones y actuar. Así funcionamos. Necesitamos que nuestros niños y niñas sean activos, entusiastas, y sepan dirigir razonablemente esos impulsos. Que desarrollen una inteligencia resuelta, es decir, una inteligencia que resuelve los problemas y camina con determinación. Es ese dinamismo complejo y fantástico de la acción voluntaria, ese juego de sentimientos y razones, de pensamientos y pasiones, el que debemos fomentar en nuestros hijos y alumnos. De nada vale que sepan matemáticas, inglés, informática, historia, si no saben elegir sus metas y realizarlas. Siempre he mantenido que la función de la inteligencia no es conocer, sino dirigir bien el comportamiento aprovechando la mejor información posible. Desarrollar esa inteligencia es la nueva frontera educativa, y eso es lo que intentamos conseguir mediante el programa TRIBUCAN.

Abril 9, 2011

Aprendizaje integral

En todo el mundo se están buscando soluciones para un problema educativo. ¿Cómo hacer que nuestros alumnos sepan aplicar lo que aprenden en una asignatura a otras asignaturas o, en último término, a la vida real? Técnicamente se denomina “problema del transfer”. Todas las informaciones que recibimos, en especial del Reino Unido donde se están haciendo experiencias muy interesantes, confirman que integrar muchos elementos en un proyecto único es la mejor manera de conseguir esa transferencia de conocimientos y habilidades de un dominio a otro. Estamos orgullosos, porque ese el método utilizado en TRIBUCAN. Al trabajar en un proyecto didácticamente diseñado, nuestros alumnos aprenden nociones de distintas materias, tienen que buscar información, anticipar las consecuencias de sus acciones, perseverar, tomar iniciativas, cooperar entre ellos, ayudar a los demás, adquirir conciencia de la propia responsabilidad y de su competencia para hacer cosas.

Quiero detenerme en este último aspecto. Uno de los grandes recursos que niños y niñas deberían adquirir es la “confianza en sí mismos”. Ahora sabemos cómo fomentar este sentimiento fundamental. No sirve para nada intentar elevar la autoestima con elogios sin fundamento. Los niños son muy listos y reconocen inmediatamente si son justos o injustos. El sentimiento de confianza se adquiere en tres etapas. La primera es la seguridad básica, que se adquiere en la interacción con sus padres. En segundo lugar, la seguridad en la propia competencia para enfrentarse con los problemas. Esta es tarea fundamental de la escuela. Ahí es donde actúa TRIBUCAN. Queremos que comprueben su capacidad para proyectar, organizar, realizar. La tercera etapa se adquiere en los últimos años de primaria y consiste en la conciencia de la propia dignidad, que va a permitir a nuestros hijos actuar con firmeza, atreverse a decir que no, mantener su autonomía respecto del grupo, cuando pasen a la enseñanza secundaria. En fin, que estamos muy orgullosos al comprobar que nuestro programa está en la vanguardia educativa.

Marzo 11, 2011

La atención

“Mi hijo es muy listo, pero no se concentra”, “Mi hija parece que está siempre en las nubes”, “¡Es que no atiendes a lo que te digo!” El tema de la atención preocupa a padres y docentes. Sobre todo ahora, cuando se habla continuamente de “déficit de atención” y de “hiperactividad”. ¿Qué es? ¿Qué importancia tiene? ¿Qué podemos hacer si plantea problemas? ¿Qué tiene que ver con el programa TRIBUCAN?

La atención es la capacidad de seleccionar los estímulos, para que nuestro cerebro pueda elaborarlos, y guardarlos en la memoria. Además, nos permite movilizar nuestros recursos intelectuales para enfrentarnos con un problema. Por ejemplo, estamos conduciendo un coche de manera automática, mientras hablamos con el acompañante. De repente, un perro se cruza en la carretera. En ese instante nos concentramos en lo que ocurre, para estar en condiciones de resolver la situación. Todos los animales superiores poseen estos mecanismos. La gacela que está bebiendo levanta las orejas y presta atención, si un ruido sospechoso llega hasta ella. Nosotros no podemos dejar de prestar atención a un ruido, a una experiencia imprevista, a una amenaza o a un dolor. En un sentido amplio, atendemos a aquello que nos divierte, interesa o emociona.

Pero, además de esa atención involuntaria, que compartimos con los animales, los seres humanos tenemos otra, que podemos dirigir hacia lo que queramos, con independencia de que nos interese o no, y a la que llamaremos “atención voluntaria”. Esta es la que necesitamos educar, porque el niño no sabe aún dominarla. Lo que pretendemos es que presten atención incluso a cosas que no les interesan a ellos, sino a nosotros. No es extraño que esta expectativa plantee dificultades.

 Hay, en efecto, un déficit de atención que puede necesitar tratamiento médico, pero en muchas ocasiones lo que hay es un déficit de educación de la atención. Los niños tienen que aprender a manejarla durante la etapa escolar. William James, un genial psicólogo, escribió: “La capacidad de recuperar voluntariamente la atención dispersa, una y otra vez, es la raíz del juicio, del carácter y de la voluntad. Si hubiera una educación que mejorara esta capacidad, sería la educación por excelencia. Sin embargo, resulta más fácil definir este ideal que dar instrucciones prácticas para alcanzarlo”.

En la actualidad, conocemos mucho mejor los métodos para reforzar la atención. Uno de los procedimientos educativos más eficaces es el de organizar la enseñanza por proyectos. Los proyectos implican activamente al alumno, favorecen la concentración, y permiten una evaluación clara, lo que supone un gran aliciente para todo el proceso. Por eso, el programa TRIBUCAN –basado en un proyecto- tiene, entre otras cosas, como objetivo mejorar la atención voluntaria de sus hijos.

Puesto que el tema de la atención es tan importante y causa tantas preocupaciones, les invito a que durante este mes me hagan las consultas que quieran sobre él.

Enero 27, 2011

       Todos habéis oído o repetido la palabra “motivación” como si fuera una palabra mágica que pudiera resolverlo todo. ¿Vuestros hijos no estudian? Hace falta motivarlos. ¿No les interesa nada y se pasan el día tumbados? Están desmotivados. ¿Queréis que vuestro equipo gane? El entrenador tendrá que motivar a los jugadores. Esto, siendo verdad, no nos resuelve el problema, porque lo importante es saber cómo podemos motivarlos (o motivarnos).

       Estar motivado significa tener ganas de hacer algo, estar dispuesto a movilizar la energía necesaria para conseguirlo. Tiene que ver, por lo tanto, con nuestras necesidades y deseos. Si conseguimos avivarlos, dirigirlos hacia un objeto o una acción, hemos activado la motivación. Es lo que hace, por ejemplo, un publicitario cuando mediante un anuncio quiere hacer que compremos un producto. Hace que resulte tan deseable que nos apresuremos a adquirirlo.

       Eso sería imposible si no naciéramos con algunos deseos ya “de fábrica”. Conviene saber cuáles son, porque cada vez que queramos “motivar” a nuestros hijos, o “motivarnos” a nosotros mismos, tendremos que apelar a esas profundas e innatas necesidades.

       Todo lo que hacemos, lo hacemos (1) porque nos proporciona algún placer, (2) porque nos granjea el amor o el reconocimiento de los demás, o (3) porque nos hacer progresar, crecer, sentirnos importantes, orgullosos de nosotros y de nuestras competencias.

       Vamos a verlo con más detenimiento, y os pido que intentéis encontrar ejemplos en vuestra vida diaria. Los niños, y los adultos, hacemos muchas cosas porque nos producen satisfacción: jugar, por ejemplo. El juego es una actividad que no tiene ningún propósito, salvo pasarlo bien. Este mismo sentimiento podemos tenerlo al leer, al hacer trabajos manuales, al escuchar música, viajar o al estudiar un tema que nos interesa. A veces, la actividad es un intermediario para el bienestar, por ejemplo, cuando ganamos un buen sueldo con un trabajo que no nos gusta, pero que nos permite vivir bien. Pero todos sabemos que no es la situación ideal. Lo mismo sucede al niño que estudia sólo para que le deis un regalo (o para evitar un castigo).

       Otras cosas las hacemos porque necesitamos la admiración, el reconocimiento, la amistad, el amor de otras personas. El niño, por ejemplo, quiere que sus padres o sus profesores le feliciten, necesita sentirse acogido, recibir una buena imagen de los demás, construir así su autoestima a partir de la mirada de los otros. Los adultos también necesitamos que se valore nuestro trabajo, que se reconozcan nuestros méritos. No todo se reduce al sueldo.

       Por último, necesitamos sentir que progresamos. Hay un gran deseo de crecer en el niño, que no desaparece nunca. Cuando nos sentimos estancados somos desdichados. Estamos hechos para crear, para hacer cosas valiosas, para sentirnos competentes, importantes, libres, capaces, necesarios. O toleramos sentirnos insignificantes, y por eso buscamos dar un significado a nuestra vida.

       Pues bien, cuando queremos motivar al niño a hacer algo, tenemos que enlazar esa actividad con alguno de estos grandes deseos. Lograrlo es la gran  sabiduría educativa. El niño o el adolescente estudiará si le gusta la materia, si siente que al hacerlo aumenta su competencia, si sus resultados son admirados y elogiados, si siente el orgullo de sus padres, y si es consciente de que progresa, de que es capaz, de que domina una materia, de que hace cosas valiosas.

Estudiar no es ponerse delante del profesor o delante del libro y deglutir una materia obligatoria. Es empeñarse en alcanzar –mediante esa actividad- los grandes anhelos de nuestra naturaleza. Y ojalá supiéramos explicárselo así, hacérselo sentir así a nuestros hijos. Todos ellos deberían tener derecho a dos cosas:

  • A una experiencia de aprendizaje alegre.
  • A tener un éxito merecido en algo, por pequeño que fuera.

       Son estas dos experiencias las que pueden lanzarle por un camino animoso. ¡Quien piensa en el esfuerzo cuando uno se siente alegre y triunfador!

       Con el programa TRIBUCAN hemos querido proporcionar a vuestros hijos ambas experiencias. Nos gustaría que nos ayudarais a conseguirlo, porque será muy bueno para ellos.

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