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Abril 29, 2008

¿Qué es proyectar?

Emprender es definir un proyecto y llevarlo a cabo. Hemos usado mucho la palabra “proyectar” y ahora nos conviene detenernos a analizar esta palabra, que designa una actividad esencial de la inteligencia humana. Para algunos especialistas, la actividad esencial. Sin ella nos convertimos en robots que cumplen instrucciones o despliegan mecanismos. Un término muy cercano –“proyectil”- nos da una pista para nuestra investigación. Es algo que lanzamos hacia delante. En el caso del proyecto lanzamos una idea, a la que entregamos el control de nuestra acción. Nos seducimos con ella desde lejos, para ponernos en marcha. Esta capacidad de anticipar el futuro, de dominarle en cierto modo dirigiendo nuestra acción hacia metas elegidas consciente y voluntariamente es la gran exclusiva humana. Los animales siguen rutinas ya fijadas, que pueden ser muy complejas, pero que no pasan de ser mecanismos determinados. Cuando una ardilla recoge una nuez, corre hasta que tropieza con un obstáculo y allí empieza a escarbar para ocultarla, no sabe lo que hace. Si está en una habitación, repite sin sentido ese comportamiento que sólo es adecuado para la vida en el bosque, e intenta escarbar junto a la pata de la mesa con que ha chocado.

Una de las características más notables de esta actividad de proyectar es que suele comenzar con una idea muy vaga: quiero aprovechar bien estas vacaciones, me gustaría aprender a esquiar, voy a escribir un libro, me interesa poner una empresa. Cuenta García Márquez que comenzó una de sus grandes novelas –“El otoño del patriarca”- teniendo en la cabeza tan sólo una idea muy elemental: Voy a escribir una novela sobre los dictadores caribeños. Algo parecido sucede a los arquitectos o a los inventores cuando empiezan a diseñar algo. Ese proyecto tan indefinido se convierte en un “esquema de búsqueda”, que sirve para seleccionar la información. Cualquier emprendedor sabe que cuando está elaborando un proyecto se encuentra en un estado mental muy particular. Es como si hubiera desplegado unas antenas que le permiten percibir cosas que hasta ese momento le parecían irrelevantes. Esta es la sensación que queremos que tengan nuestros alumnos: el mundo aparece mucho más interesante, lleno de posibilidades. Esta es la palabra mágica. El emprendedor ve “posibilidades” donde los demás no ven nada. Por eso dan la impresión de que viven en un mundo más amplio, flexible e interesante. Por eso podemos considerar la “depresión” como la desaparición de la capacidad de proyectar. Una persona se siente incapaz de encontrar algo que movilice su acción. No tiene ningún proyecto para el futuro. Por el contrario, quien tiene muchos proyectos disfruta con su vitalidad. Emprender es un estupendo estimulante.

Pero proyectar es sólo el primer paso. Una vez definido el proyecto necesitamos “planificar”. Se trata de una tarea distinta. Ahora lo importante es precisar el camino, buscar los medios, calcular los tiempos o los costes. Es la parte más técnica, más minuciosa, pero imprescindible.

En tercer lugar, hay que actuar, hay que realizar lo planificado. Emprender es un verbo superactivo. Hay mucha gente que vive toda su vida acariciando “deseos” o enredado en “ensoñaciones” que nunca pasan a la acción. Acaban sintiéndose fracasados por no conseguir algo que ni siquiera intentaron. Si queremos enseñar a nuestros alumnos a emprender es porque no les deseamos esa existencia crepuscular y disminuida. En la acción desplegamos realmente nuestras posibilidades. Y esto tiene un efecto de retroalimentación muy beneficioso. La verdadera “autoestima” no se alcanza con el elogio, sino con el elogio que reconoce la acción bien hecha. La realización de un plan exige virtudes importantes: saber aplazar la recompensa, soportar el esfuerzo, no rendirse ante un fracaso, tenacidad para conseguir la meta, responsabilidad y compromiso. Todos estos son valores educativos básicos, que intentamos fomentar mediante el emprendimiento.

Nos queda por mencionar un aspecto de trascendental importancia: la elección de proyecto. La dignidad de todas estas actividades depende de la grandeza de la meta. Triunfar es hacer realidad un proyecto, pero hay triunfos terribles e indecentes. Por esta razón, como última meta del “enseñar a emprender” tenemos que incluir una pedagogía de la elección de metas. Esa es la razón de que en TRIBUCAN hayamos propuesto un proyecto solidario. En fin, como verán, el emprendimiento condensa todo un modelo educativo.

Abril 6, 2008

Las arquitecturas del deseo

Todo lo que hacemos deriva directa o indirectamente de nuestros deseos. Ellos movilizan energías, proponen objetivos, y mantienen el esfuerzo. Lo que puede hacer la inteligencia es dirigirlos, aprovechando su impulso para metas nuevas, ayudando a construir hábitos que estabilicen los buenos deseos, y transformando unos deseos en otros, mediante la educación. Al estudio de todo este dinamismo he dedicado mi último libro “Las arquitecturas del deseo”.

En todos los seres humanos hay tres grandes deseos, que, sin embargo no están presentes en la misma proporción. La personalidad de cada uno de nosotros depende, entre otras cosas, del cóctel de deseos que nos mueve.

Los tres deseos básicos son:

  • Deseo de bienestar, de pasarlo bien, de comodidad.
  • Deseo de vinculación social: Necesitamos vivir en sociedad, querer y sentirnos querido, pertenecer a un grupo, experimentar el reconocimiento de los demás, su aceptación y su aplauso.
  • Deseo de ampliar nuestras posibilidades: Necesitamos sentirnos capaces, ejecutivos, dueños de nuestra vida, creadores. Nos es imprescindible saber que progresamos.

De este último deseo surge el afán emprendedor. Por eso es necesario fomentarlo en todas las personas. No olvidemos que lo que llamamos “felicidad” es la armoniosa satisfacción de esos tres grandes deseos. Y todos sabemos, por experiencia, lo difícil que resulta hacer combinarlos bien, porque con frecuencia entran en contradicción. Para crear algo hay que perder algo de comodidad, y para mantener una vinculación afectiva hay que limitar algunas de nuestras actividades. Cuando hablo de crear me estoy refiriendo a algo muy sencillo, al alcance de todos. Crear es hacer que algo valioso que no existía, exista por mi.

Eric Fromm, un gran psicólogo, decía que esta necesidad es tan fuerte, que cuando alguien reprime o no puede desarrollar su potencial productivo, creador, acaba sufriendo alguna patología. Emprender es crear. Y cuando enseñamos a nuestros niños o a nuestros jóvenes a emprender, estamos desarrollando sus capacidad vitales. Su posibilidad.

Me gusta mucho utilizar esta palabra, que nos inyecta optimismo. La alegría es la conciencia de nuestras posibilidades, mientras que la angustia está producida por el ahogo, por el estrechamiento, por  la angostura de nuestras posibilidades. La gran inteligencia para la vida, que es la que pretendemos desarrollar en nuestros niños, tiene como misión descubrir posibilidades en la realidad, abrir nuevos caminos. Las cosas son lo que son, más las posibilidades que la inteligencia encuentra en ellas. El mundo está a medio hacer. Nosotros estamos a medio hacer. Con lo que tenemos, con lo que somos, tenemos que buscar posibilidades nuevas. En eso consiste emprender.

El emprendimiento, pues, satisface uno de nuestros grandes deseos, que es conseguir nuestra autonomía y desplegar nuestras posibilidades.

Hay muchas formas de emprender –personal, económica, investigadora, artística, etc.- pero todas ellas tienen un esquema común:

  • Diseñar un proyecto, el objetivo que queremos conseguir.
  • Buscar la información necesaria para determinar el plan adecuado.
  • Movilizar los recursos personales (inteligencia, constancia, capacidad crítica,  habilidad para trabajar en equipo, buen ánimo), y los recursos materiales y humanos necesarios para realizarlo.
  • Pasar a la acción, evaluando continuamente los resultados e introduciendo las correcciones necesarias.

Es fácil darse cuenta de que este esquema y las capacidades personales que hay que desarrollar son comunes a una empresa económica o a una empresa educativa. ¿Qué queremos conseguir en la escuela? Que nuestros jóvenes tengan capacidad para elegir bien sus proyectos y recursos personales para llevarlos a cabo. Estos recursos personales son, la mayoría de las veces, hábitos adquiridos. Aprendemos a ser optimistas o pesimistas, activos o pasivos, emprendedores o rutinarios. Los hábitos sólo se aprenden con la práctica y por eso la educación de cualquier competencia sólo puede conseguirse actuando.

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