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Mayo 17, 2009

Acabo de regresar de Ginebra, que ha sido durante decenios el centro de investigación más importante sobre educación infantil, por influjo del genial Jean Piaget. He comprado un estupendo libro de Mary Hohmann y otros autores, titulado “Partager le plaisir d’apprendre”, que es una guía de la educación preescolar, es decir, de niños de 3 a 6 años. Me ha sorprendido –gratamente, lo confieso- comprobar que un capitulo entero estaba dedicado a algo relacionado con TRIBUCAN. Los autores consideran que para favorecer el “aprendizaje activo” conviene que  ya a una edad tan temprana niños y niñas aprendan a planificar. En el proceso de planificación, los niños efectúan varias operaciones mentales:

1.- Plantear un problema o fijarse un objetivo: “Voy a dibujar un barco”, por ejemplo.

2.- Imaginar y prever las acciones. Comienzan a considerar sus acciones como un medio para conseguir un fin. Aprenden la voluntad y la capacidad para consagrar a su tarea el tiempo necesario para realizar sus proyectos. Según los psicólogos Merry Bullock y Paul Lütkenhaus, poner el acento en la tarea favorece “la resistencia a las distracciones, la maestría de los obstáculos, la rectificación de las acciones emprendidas y la detención de la actividad cuando la meta ha sido alcanzada”.

3.- Expresar sus intenciones y sus intereses.  Cuando los niños  actúan según sus objetivos, despliegan la energía y el entusiasmo necesarios para su aprendizaje. Estos aumentan aún si los adultos apoyan esas actividades.

4.- Transformar las intenciones en objetivos.

5- Deliberar.- Para mejorar su capacidad de planificar, se interesan mas por aprender de sus experiencias anteriores y buscan nuevas estrategias.

6.- Efectuar regularmente modificaciones. Mientras juegan, los niños conciben nuevas ideas y se enfrentan a problemas imprevistos.

“La planificación está al alcance de lo que los niños de esta edad pueden hacer, porque poseen las capacidades necesarias para resolver problemas, formar imágenes mentales, expresar sus intenciones, deliberar y efectuar cambios. Sin embargo, la mayoría de los niños no tienen el hábito de planificar conscientemente. Por eso, este proceso requiere, cada día, el apoyo y la atención de los educadores”.

Los investigadores atribuyen a la planificación los siguientes beneficios: Anima a los niños a precisar sus ideas y decisiones, favorece la confianza en sí mismos y el sentimiento de dominar los acontecimientos, estimula  la participación y la concentración.

En TRIBUCAN estas habilidades, sin duda importantes para aumentar la capacidad y la autonomía de nuestros hijos, van completadas por otras tres: trabajar en equipo, proponerse metas solidarias, y adquirir un ánimo optimista. Tal vez muchos lectores piensen que ser optimista o pesimista depende del temperamento y no se puede aprender. Las investigaciones más serias nos dicen lo contrario. El optimismo depende fundamentalmente de la “confianza en uno mismo”, y del modo como uno se explique sus éxitos y sus fracasos.

La confianza en uno mismo es uno de los objetivos prioritarios de la educación, que debe trabajarse en los primeros años y luego, de nuevo, en la adolescencia. Tiene dos componentes: sentirse querido y sentirse competente. El sentirse querido por sus padres les proporciona la seguridad básica; el hacer las cosas bien, fomenta su seguridad ejecutiva. Muchos niños y niñas salen de la educación obligatoria más conscientes de sus incapacidades que de sus capacidades. Y esto no es  justo. Todos tienen derecho a sentir una experiencia de triunfo, el sentimiento de haber hecho algo bien y de ser aplaudido por ello. Por eso, padres y alumnos debemos ingeniárnoslas para que la tenga. Han de experimentarla realmente, porque no vale elogiar sin fundamento. Sobre el modo de explicarse los éxitos y los fracasos, les hablaré en el próximo blog. Es un factor que influye en el pesimismo y optimismo de los niños y también, por supuesto, en el de los adultos. El tema nos interesa, pues, a todos.    

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